miércoles, 11 de agosto de 2010

“ATAQUE A LA FABRICA MILITAR DE POLVORAS Y EXPLOSIVOS VILLA MARIA ( Cba.). EL SECUESTRO DE LARRABURE ”

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El 12 de agosto de 1974, los titulares de todos los diarios del país hablaban de dos ataques extremistas contra unidades del Ejército: la Fábrica Militar de Pólvoras y Explosivos de Villa María, Córdoba, y el Regimiento de Infantería Aerotransportada Nº 17, en Catamarca.

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Aproximadamente a la una de la madrugada del día domingo 11 de agosto, un numeroso grupo de guerrilleros armados del ERP había atacado la Fábrica Militar de Pólvoras y Explosivos.

Dicho grupo subversivo estaba constituido por setenta personas, entre hombres y mujeres, fuertemente armados, vistiendo uniformes militares.

Llevaban en su cuello un pañuelo colorado, único detalle que los distinguía de los soldados del Ejército Nacional.

El grupo subversivo marxista contó con la complicidad de un soldado entregador, Mario Eugenio Antonio Pettiggiani, que prestaba servicios en la citada fábrica.

En la acción se apoderaron de armamentos, municiones y uniformes militares, tomando como rehenes a mi padre Mayor Argentino del Valle Larrabure, y al Capitán Roberto García. Intentaron hacer lo mismo con el director de la fábrica, el Teniente Coronel Osvaldo Jorge Guardone, quien repelió el ataque desde su casa, con un intercambio de más de cincuenta disparos de armas largas, lo que motivó la fuga del grupo atacante.

Al huir llevaron consigo el cuerpo sin vida de un guerrillero, varios heridos, a mi padre y al capitán García, quien fue posteriormente abandonado y encontrado gravemente herido dentro de una ambulancia, en la cuidad capital de Córdoba.

En las acciones perdió la vida el suboficial Cuello, de la policía de Córdoba, que tenía 32 años, era casado y padre de un hijo; le habían disparado con municiones de escopeta. Resultaron heridos los agentes Pedro Aguilera, Juan Carlos Gutiérrez y Juan Bruno, el oficial de la policía Miguel Ángel Liendo, el suboficial mayor del Ejército Ramón Albornoz, el oficial policial Miguel Ángel Moral y el soldado conscripto Juan Carlos Fernández, con heridas graves en la cabeza y en el tórax.

Todos ellos fueron heridos durante los enfrentamientos registrados en el copamiento de la Fábrica Militar y en un motel cercano, donde los guerrilleros constituyeron su cuartel general de operaciones.

El resultado en la fábrica arrojaba cuatro soldados heridos.

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Alrededor de la una de la madrugada, Pettiggiani cortó el alambrado, para permitir el ingreso del grupo comando terrorista.

Mientas realizaba esta tarea fue visto por un centinela compañero suyo, ante quien disimuló acercándose amigablemente y pidiéndole que le convidara con un cigarrillo.

Cuando el centinela intentó sacar el paquete, Pettiggiani lo redujo en el puesto principal de guardia.

Reducido éste, se dirigió hacia otro puesto de guardia, donde estaba apostado el soldado Jorge Fernández.

Al intentar someterlo, éste se resistió y Pettiggiani, con total frialdad hacia su compañero, disparó sobre él, hiriéndolo gravemente en la cabeza y en el tórax.

Fernández fue, posteriormente, internado en el Hospital Militar de Córdoba, con pronóstico reservado en terapia intensiva.

Según informe médico, al ingresar al hospital presentaba dos balazos en la cabeza, con pérdida de masa encefálica y un balazo en hemitórax.

Tiempo después, Fernández pudo recobrar el conocimiento, pero quedó afectado de hemiplejia.

Pettiggiani dejó, entre sus pertenencias militares, una carta en la que hacía pública su identificación con el grupo ilegal, explicando a sus compañeros los motivos que lo habían impulsado a actuar de esa forma.

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Mientras tanto, la policía llegaba al motel y los terroristas ordenaban a los rehenes apagar todas las luces y arrojarse al suelo.

Un grupo de policías golpeó a puntapiés una de las puertas de acceso al motel y otros intimaron a “salir con las manos en alto”.

Esto no mereció respuesta por parte de los guerrilleros, que optaron por comunicarse con quienes ya estaban en la Fábrica Militar.

Al rato, llegaron en un camión los extremistas que habían copado la fábrica, tomándolos por sorpresa y dominándolos después de un tiroteo.

Es aquí cuando muere el cabo Marcelino Cuello y los otros policías mencionados.

Uno de los policías relató que “en seguida nos dominaron y nos tomaron prisioneros, aplicándonos culatazos y puntapiés, luego de lo cual nos encerraron en una habitación del motel, colocándonos boca abajo y con las manos sobre la cabeza”.

Cerca de las dos de la mañana entró al motel quien parecía ser el jefe máximo y dijo a todos:

“Cierren los ojos, no miren.

El operativo ha terminado, después de esperar media hora podrán salir del motel”.

En ese horario los guerrilleros se daban a la fuga con los vehículos robados en la fábrica.

Cargaron en ellos a los extremistas que estaban en el motel y huyeron.

Finalmente se dispersaron en diferentes direcciones, mientras en un camión llevaban el armamento.

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Se estima que robaron 120 fusiles FAL, dos ametralladoras Madsen, varias pistolas ametralladoras y explosivos diversos.

Según testigos, todo el operativo extremista habría durado aproximadamente unas cinco horas desde su inicio.

En los lugares que fueron tomados por los guerrilleros quedaron pintadas leyendas de la organización ilegal ERP.

La planta militar fue visitada, a las cinco de la mañana, por el comandante del III Cuerpo de Ejército, general Ernesto Federico Della Croce, quien se interiorizó del hecho.

A primeras horas de la mañana, en la ciudad de Córdoba, en la avenida Colón al 2500, fue encontrado en una ambulancia el capitán Roberto García, herido de gravedad.

Fue internado de inmediato en el Hospital Aeronáutico de dicha ciudad y operado de urgencia, ya que presentaba diez impactos de bala en el abdomen y otras lesiones (fracturas y contusiones en ambas piernas).

De mi padre, a pesar del despliegue de las fuerzas policiales y militares en diversos operativos de búsqueda, nada se sabía.

Como alguien dijo, “comenzaría esa madrugada del 11 de agosto de 1974 el peor de los cautiverios cometido a un militar argentino”.

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En los operativos de búsqueda de los extremistas se logró interceptar a un automóvil Fiat en el que viajaban dos de ellos.

Tras una breve persecución, el vehículo volcó a la altura de Alta Gracia, al dirigirse al Valle de Calamuchita.

Iba a muy alta velocidad. Con el fuerte impacto, falleció el médico cordobés Jose Luis Buscaroli, quien según se afirma estaba vinculado a la farmacéutica María Bolatti de Irurzún, detenida el viernes 9 de agosto en su domicilio.

Este guerrillero muerto era una figura importante dentro de la organización y viajaba junto a otro hombre, quien había llegado desde Tucumán para participar en el hecho.

Éste, ante su detención, manifestó ser integrante del grupo extremista y haber recibido la suma de $ 250.000 por su participación.

En su poder se encontraron armas y la cantidad de dinero mencionada. Si bien la información oficial consigna que el detenido en Alta Gracia es de apellido Fernández, de acuerdo con la documentación secuestrada en su poder, se trataría del tucumano Manuel Alberto González, alias “el pelado” o “Joaquín”, con domicilio en el ex ingenio “San José” y que, en abril de 1971, ya había sido detenido en las inmediaciones del ex ingenio “Santa Lucía”, junto con el extremista Simón Gargiulo.

Buscaroli estaba siendo intensamente buscado por la policía, pues se sabía que había residido en una finca de la seccional X de la capital cordobesa, donde fuera detenida la mencionada farmacéutica Bolatti de Irurzún.

Entonces se había impartido la orden de detención del marido de esta profesional y de la esposa de Buscaroli, Mirta del Carmen Gallegos, quienes estaban prófugos.En los diarios se menciona el hecho de que el coche en el que viajaba el médico Buscaroli había sido robado en Villa María.

Los diarios también asocian a este médico con el copamiento de la unidad militar de Azul, ocurrida en enero de ese mismo año, donde el teniente coronel Roberto Ibarzábal había sido secuestrado y continuaba en dicha situación.

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Al mismo tiempo, en la fábrica militar, los guerrilleros, con la complicidad del ya citado conscripto Mario Pettiggiani, se dirigieron, primero, hacia un grupo de viviendas, en cuyas cercanías estaba el depósito pde armas y municiones.

Aprovecharon que la mayoría del personal de la fábrica y sus familiares estaban reunidos ese sábado en el casino de oficiales, ya que se despedía y se daba la bienvenida a profesionales que se incorporarían.

Tras apoderarse de una cantidad importante de armas, los extremistas se dirigieron al casino con la evidente intención de reducir a la oficialidad allí presente.

El intento fue resistido por el personal de guardia en el edificio central, originándose un tiroteo.La intensidad del fuego de los efectivos militares obligó a los atacantes a replegarse.

Ya en plena retirada, el hecho de que los guerrilleros vestían uniformes militares confundió a un grupo de soldados conscriptos, permitiendo que los extremistas pudieran secuestrar a mi padre y al capitán García.

Fracasaron, en cambio, en el intento de llevarse al director, el teniente coronel Osvaldo Jorge Guardone, porque el mismo se hallaba en su casa afectado de gripe y, por tal motivo, no había asistido a la reunión social.

Sin embargo, Tita, su mujer, había concurrido a la fiesta. Siendo medianoche, mis padres la acompañaron caminando hasta su casa que quedaba enfrente del casino, al lado de la mía.

Cuando los extremistas intentaron llegar hasta su casa, el militar, armado con un fusil automático, disparó contra sus atacantes.

Otro grupo de guerrilleros se dirigió a la parte posterior de la casa para sorprenderlo, pero su señora, armada con una pistola 11.25 y la empleada, impidieron valerosamente la entrada de los agresores.

Finalmente, los guerrilleros decidieron retirarse, llevándose un muerto y algunos heridos.

Los militares que estaban en la reunión del casino no se encontraban armados en el momento de ser secuestrados.

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El operativo había comenzado en la tarde del sábado 10 de agosto, cuando los extremistas llegaron al motel llamado “Pasatiempo”, situado a un kilómetro de la Fábrica Militar.

Diversas parejas fueron instalándose en las habitaciones.

Evidentemente, eran guerrilleros que comenzaban a desplegar su plan de acción.

Cerca de la medianoche coparon el lugar y se vieron reforzados con otros contingentes, montando allí una central de operaciones e instalando un equipo de radio mediante el cual dirigían el operativo.

Una vez tomado el motel por los extremistas jóvenes, llegaron más tarde tres subversivos de mayor edad, sus jefes, que comenzaron a impartir órdenes a través de los equipos transmisores.

Según testigos del copamiento del motel, los pasajeros que se encontraban en el mismo a esa hora fueron obligados a concentrarse en una de las habitaciones, mientras los guerrilleros les entregaban ejemplares de su publicación clandestina para que los leyeran durante el tiempo que durara el copamiento del motel.

Minutos antes de la una partieron numerosos extremistas hacia la fábrica, sumándose a otros que permanecían afuera, mientras que desde el motel actuaba el “estado mayor” del ejército guerrillero.

Se calcula que, aproximadamente, 60 guerrilleros ingresaron a la fábrica, 15 guerrilleros tomaron el motel “El pasatiempo” y 15 habrían actuado como apoyo táctico en el exterior de la fábrica.

Según el relato de un taxista de apellido Guzmán que a las 23:00 horas llevó a una pareja al motel y fue apresado por los guerrilleros, el trato fue correcto.

Se les explicó que realizaban un “operativo revolucionario” y después les sirvieron gaseosas y sandwiches.

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Los guerrilleros empuñaban armas automáticas y llevaban cinturones con proyectiles.

Entre ellos se llamaban con nombres como “Carlos”, “Jorge” o se decían “hermano”.

En un momento se oyeron dos balazos, que fueron efectuados contra una pareja que llegó al motel en un automóvil y se alejó al notar algo sospechoso en el lugar.

“Los balazos no les hicieron perder la calma”, relató Guzmán.

Uno de ellos, que estaba afuera, entró e informó al que parecía su jefe:

“Se me disparó una pareja y puede ir a avisar a la policía”.

El jefe del grupo le respondió:

“Dejá que venga la policía, los vamos a recibir bien”.

Mientras tanto, los guerrilleros se comunicaban con el exterior utilizando radiotransmisores.

Arturo Larrabure

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